«Hay sombras sobre la Clerecía que llenan de colores los sueños. Hay una luna llena, una madrugada que nunca termina. Una fachada sabia, Gaudeamus. Hay un Salvador Carmona que hace palpitar las venas. Una Virgen que llora y espera. Hay una melena al viento que salva. Un reino que no es de este mundo. (…) Hay un universo que contiene la respiración, que espera. Hay un sepulcro vacío y un Resucitado que proclama la Primavera.”
Y sobre el escenario, el niño que dibujaba y que después siguió pintando de letras sus cuadernos, mi compi de COU, mi mejor aliado en la clase de Lengua, mi amigo de la facultad de periodismo, el que me escribe cada julio la carta más bonita por mi cumpleaños. Y que el martes desgarró el espacio-tiempo con su voz en un viaje hacia el lugar de la memoria que, empañado por la niebla, una máquina de humo quiso imitar en el Liceo y, como si su palabra disipara aquella noche tan dichosa también los años que pesan, al alzarse el telón de la nostalgia nos reencontramos con nuestro reflejo más auténtico. Porque igual que un buen capataz, Paco nos guió en su procesión desde el Santo Pasillo de la calle Urraca a Pizarrales, desde Fonseca a Tentenecio, por los recovecos de unas estaciones esculpidas en la piedra dorada, mientras nosotros, cofrades de acera, afinábamos los recuerdos como la mirada bajo el capirote.
Y así, en la Plaza Mayor, detrás de la borriquilla, tropecé enseguida con la niña que un Domingo de Ramos radiante estrenaba su falda y chaqueta moradas, esa niña que llenaba su grabadora de marchas procesionales hasta que por fin tuvo su ansiada cámara de vídeo y hoy se pregunta dónde estarán los vhs, y para qué, si las imágenes que importan siguen tan vivas, aquí, en su alma. La misma que se hacía la remolona cuando llegaban los oficios el jueves por la tarde, pues en la tele echaban Quo Vadis. Y, sin embargo, con la Regenta descalza mezclándose en su imaginario, aguantaba estoica la procesión de procesiones, la de los 14 pasos, donde era sobre todo la paciencia lo que desfilaba.
Porque a esa niña ningún año la desanimó siquiera el aire gélido de las cinco de la mañana si, junto a la catedral, podía fundirse en un abrazo colectivo con una Madre y su Hijo en El Encuentro. Y precisamente allí, cuando eran aún cuatro las tazas de café que, con las torrijas de mamá, nos aguardaban a la vuelta, le veo en su última Dominicana y me imagino haciéndole una reverencia: su cara enrojecida por el frío y, a juego con la sonrisa, sus ojillos brillantes posados en la cámara de fotos, mientras nos inmortalizaba a mi hermana y a mí bajo el palio rosa del amanecer de Anaya.
El Descendimiento, el peso del mundo, el mayor de los sacrificios y una cruz, porque quién a estas alturas no la lleva. Pero hay un sepulcro vacío y un Resucitado que proclama la Primavera. Y el olor a incienso, que me recuerda que volvemos a ser cuatro. Y nuestra tradición de visitar en las iglesias las imágenes, la de atisbar en las obras de arte la humanidad extrema, nuestro ser más primario, el verdadero reflejo de lo que fuimos, somos y seremos: Esperanza, por y sobre todo, con la que vamos alumbrando, poco a poco, tanta oscuridad.
El pasado martes, en el Liceo, sentí el calor del cirio en las mejillas y la emoción de compartir con un amigo ese momento único en su historia; el orgullo, con los ojos encendidos, como cuando me chisporroteaban al contemplar el fuego nuevo a las puertas de Fátima. Y me guardo para siempre, de tu mano, Paco, este viaje para el corazón.
Es la Semana Santa, la misma y la que se rehace de cero cada abril. La que llena las horas, los recuerdos, los rincones. Será por eso por lo que allí donde miro veo Semana Santa y que, a través de ella, como a José Emilio Pacheco,
al final me queda
una sola certeza:
haber vivido.”
Paco Gómez Bueno pronunció su pregón de la Semana Santa de Salamanca 2022 el martes 5 de abril en el Teatro Liceo. Puedes verlo aquí: https://www.youtube.com/watch?v=BPjgzbvd24A
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